No entiendo por qué el universo me dio esta subjetividad. No
puede ser tan complicado encontrar unas malditas lucecitas en el bosque. Este
mediodía, aprovechando mi día libre entre semanas moledoras, he bajado con
Oriol al bar de abajo para tomar una cerveza. Todo es posible con la embriaguez
mañanera. Después de comer me he echado en el sofá con intención de ver un
capítulo de Orange is the new black pero me he quedado dormida. Sin lucha
alguna. He sentido que ese más allá me atrapaba lentamente sin olvidarse por
completo del mundo real pero aún así lleno de no vida. Nada me fascina más que
el dormir, ese anular los sentidos pero con cierto reparo según la hora del
día. De ahí la diferencia del despertar. Sí, otra asquerosa larga siesta. Aguas
remolinadas tanto en el vientre como en el alma al volver al mundo. Tras unos quién sabe cuantos
minutos de espera vital sentada en el sofá, he decidido que mi actual vida es
una mierda. Que si me vuelvo a sumergir en la cotidianidad me perderé entre esa
masa de gente sin rostro. Me prometí que este puto trabajo sería temporal y ahí
me tienes chupando mi ridícula parte del bote. Y mi padre está tranquilo porque
no le molesto y mi madre me manda mermelada. Y yo satisfecha con mi logro de la
independencia. Pero en momentos como este el vértigo me envenena. La ambición
no es lo mío pero algo tendré que hacer con ella.
El cielo limón ácido. El gris cargado de radioactividad para el alma. Los sentidos atentos, el espíritu brinca de un lugar a otro. El espacio donde pueden pasar cosas. La posibilidad. La mirada brilla. Sabe un no-sé-qué. Electricidad en el aire. El dramatismo de las nubes, la fuerza de lo invisible. Palabras corrosivas. Palabras que engendran algo diferente. Conciencia de lo irrepetible. El doble fondo de los días. Las palomas también brillan, y la carne caliente desea. La novela de cada microcosmos. Y los encuentros multiplican dimensiones, expanden el tiempo. La acción suspendida en el aire. La realidad es lo que puede ser. La irrealidad es sólida y dolorosa y bella.
miércoles, 22 de abril de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
La siestecilla de M
Estoy echada en la cama mirando la pared. No la estoy mirando en realidad. Por la ventana entra la luz de la tarde y los lentos ruidos de la hora de la siesta. Necesito descansar la cabeza un ratito, dormir un poco. Las sombras tenues traspasan el fino cristal y caen en la habitación. Empiezan a mezclarse con las de aquella tarde. Desde el sofá, la luz, su brazo a mi alrededor casi por primera vez y la montaña al fondo. Está oscureciendo y se oye el viento pero adentro estamos calentitos e inmóviles con nuestras tazas de té. Y con otras tardes. El sol en la cara y nosotros tirados en el prado junto a un arbolito. El sueño pesado y dulce de después de comer. Mi cabeza en su pecho escuchando. Esos pedazos de días tan ciertos se cuelan con la luz. Cada uno como una sábana finísima casi transparente, una gasa de niebla que se va posando sobre mí y sobre la alfombra y sobre las baldosas, una encima de otra. Capas de tardes, de cielos, de nubes y de besos.
Me despierta la horrible melodía de la alarma del móvil. No veo nada. Casi ya no hay luz y no reconozco las formas de la habitación. ¿De qué habitación? Ah, la siesta. Una jodida siesta de tres horas. Joder, Milagritos. Creo que antes de dormirme estaba poniéndome nostálgica a niveles arriesgados. Madre mía, mi cabeza. Me ha sentado fatal la altura o el descenso tan profundo. Pero lo que me duele más no es la cabeza. Todavía no sé nada de Él desde la otra noche. Ni un whatsapp. Desde que me dijo que quería dormir solo y me fui. Qué le pasa. Maldito Tú.
martes, 28 de octubre de 2014
El odio general
Estaba de humor cuando Gustave me preguntó si quería ir al
bar con él, tanto que invité a Levy. Yo, que paso por mi época menos
alcohólica, me pregunté desde cuando esto era así. Había substituido mi vicio
por el café y la cerveza anteponiendo ahora el juego y los montones de cómics
que algún día echarían a Levy de su propia habitación. Algo de fresco en los
brazos me llevó a pensar que esto había acabado. Oh, no. Allí estaban Antoine y
el pesado de Jacques conversando entre risas. Hola. Hola. Este es Levy mi
compañero de piso, ellos son Jacques y Antoine. Gustave siempre tenía que llevar
la batuta. Levy me miró al oír nombrar a Jaques y yo mantuve la mirada fija en
la mesa. Puto Levy. Continuaba Gustave dirigiendo ¿De qué hablabais? Antoine que
se ha enamorado, dijo con retintín el tonto de Jacques. Dolor abdominal. ¿Qué
tal estás Lu? Bien, Jacques. Con gran esfuerzo Levy intentó ser simpático. Y
vosotros sois todos de filosofía supongo. Sí, sí, ¿y tú, estudias? Sí,
geografía. Gustave se rió odiosamente. Sí, bueno, en teoría, porque no creo que
le hayan visto el pelo por clase. Se pasan el día en casa los dos haciendo
cosas frikis. Maldigo el día en que los junté. Dijo intentando ridiculizarme a mi también. Dos pájaros de un tiro. Y a ti qué más te da, estúpido. Voy a pedir, dijo Gustave, te acompaño, añadió el penoso de Jaques no sin antes soltarme un ¿quieres algo Lu? No. Y corregí la situación con un oye,
Gustave ¿me traes una cerveza? Yo voy a ayudarles, dijo el bueno de Levy. Me
senté en el sitio de Jacques y sonreí a Antoine. Su mirada dulce. ¿Como te va,
chico? Así que tienes un amorío. Sí... bueno, llevamos poco tiempo pero parece
que va bien la cosa. Volví a sonreírle, esta vez incomodada. Volvió el asqueroso de Jacques
eufórico por interrumpir con una caña para la señorita. Siempre he odiado a los
plastas que dicen señorita. Te he dicho que no quería. Venga, va, Lu, no seas así. Llegó entonces Levy que traía unas patatas crujientes y Gustave apareció el último por las
escaleras. Lo siento chicos, pero me voy. Y me bebí la cerveza de un trago, dando
la máxima señal de fortaleza. No miré a Levy a la cara por miedo a arrepentirme.
Gustave soltó un suspiro y me despidió con una fulminante mirada de desprecio.
Bajo los efectos de la furia caminé con las manos en los
bolsillos de la chaqueta hasta casa de Louis. Su hermana pequeña Verónica me
dijo que no estaba y me preguntó dónde me había comprado esos zapatos. No
caminé mucho hasta encontrar un bar. Así que al pasar Louis me vio sentada en
la barra tomándome una copa de champán, de lo cual se rió señalándome al entrar. Le conté
mi historia y lo mucho que odiaba a todo el mundo y después nos pasamos toda la
noche repitiendo mi “lo siento chicos, pero me voy” compartiendo champanes,
brujerías y carcajadas.
Gustave: mi engreído lío
Antoine: me gusta un poquito
Jaques: un estúpido que me follé
Levy: mi amigo
Louis: mi Louis
domingo, 19 de octubre de 2014
de estaciones
Se acercó a la orilla del río, a pleno sol. No había nadie y se sentó en un banco. No muy lejos se oía la carretera. El agua estaba tranquila. Las hojas tampoco se movían, y el empedrado, bajo la luz deslumbrante, casi brillaba. Sólo un árbol entre todos empezaba a ponerse amarillo. Y todavía mariposas. Qué octubre tan raro. En este lugar te conté mi secreto. Hace meses de eso. El tiempo cada vez significa menos, y la sombra más. Habrá que esperar hasta noviembre para el otoño.
El otoño libre, cálido. Pasear para perderse, abrigarse un poco y encontrar ese café en ese sillón. Abrazarse por la tarde-noche-mañana. El hueco entre tu oreja, tu mandíbula y tu cuello es una de esos rincones cómodos donde uno se cobija. Ésos que son de madera y los baña una pequeña luz amarilla. Te arrebujas en un sofá y todo huele a té verde y a miel. El humo te envuelve y te abriga. Y el tiempo se desliza pausado y continuado bajo la suave calentura.
Estaba incómoda. Las moscas le iban a la cara y no la dejaban pensar en lo que quería con la suficiente concentración. Abrió los ojos y miró hacia atrás, más allá del banco, a su derecha. Antes no había reparado en el bulto. Un cadáver. Un gato muerto.
martes, 7 de octubre de 2014
Adiós al verano
Cuando llegué al bar todo fueron alegrías, mucho menos
entusiastas de lo que planteé en mi cabeza minutos antes. Siempre me pasaba lo
mismo. Las chicas me dieron dos besos y alguna palabra amistosa y luego
volvieron a su posición de círculo de cánticos fúnebres. Jaques no estaba, por
suerte. Gustave fue el más cálido y por eso me senté a su lado. Allí estaba Antoine,
en un silloncito rodeado de víboras
dispuestas a cubrirle y eliminar cualquier indicio de su presencia. Un verano
había sido una eternidad para nuestra tierna amistad de antaño. No me preocupó
mucho esa lejanía inicial, sabía que los días volverían a unirnos. Nunca me
importó aparecer por allí sin Louis, pero hoy me hubiese gustado nutrirme de su
presencia mediante nuestro juego cínico de análisis externo de las reglas.
Gustave me ofreció su copa de vino y pidió una nueva asomándose por la
barandilla con su tono simpático habitual. Con este ritual de iniciación ya
estaba invitada a participar en aquella parafernalia del día a día en esta
ciudad. Hablaban de aquel pintor y del otro, de cómo la autenticidad del arte
se diluye en las modas y de lo asqueroso y maravilloso que era eso. Antoine,
cansado de estas habituales discusiones, buscó mi mirada casi por inercia, de
lo que luego se arrepintió y volvió los ojos a su copa. Ya podía sentir el tono
gris conquistar mi piel morena. De pronto llegó a mi memoria olfativa un
recorrido de aromas: a tierra removida, a pino, a lumbre. Como si quisiese
brotar de mí otra vida pasada o quiera dios futura.
lunes, 7 de julio de 2014
Tormentas de verano y agujeros flotantes
Me quedé en la habitación sola un domingo por la tarde, pronto. En ese cuarto que nunca ha sido del todo mío, y que pronto será de otro. Era julio y domingo y no supe qué hacer. No es que no tuviera ideas, es que no eran buenas y que no tenía ganas. Y el señor del balcón de enfrente, un poco más arriba, continuaba en su silla, detrás de sus macetas con plantitas, observando la calle. La calle, el cielo y los balcones de nuestro edificio. O quizá no observando nada. Parecía estar con la mirada perdida, evocando recuerdos de tiempos seguramente lejanos. No estaba segura de si me veía, sentada en el borde de la cama, con la puerta abierta y la cabeza hacia afuera. El hombre estaba inmóvil, con la piel tan blanca como el pelo que le quedaba, las arrugas al sol y la expresión vacía. Pasaba así todas las tardes, aproximadamente de cinco a ocho. A esa hora volvía a entrar en casa. A mi me daba cierta envidia esa habilidad de pasar horas en soledad y silencio, dentro de sí mismo. Hace tiempo eso se me daba mejor. Ahora echo más de menos a los demás. Sólo a algunos. Especialmente a él. Y además se me había quedado el olor de su piel en la nariz, justo debajo. Se quedó ahí casi hasta el día siguiente.
Iba de espaldas en el vagón, el mar a la derecha. Pasamos al lado de unos edificios estropeados de por lo menos quince pisos con ventanitas pequeñas y cuadradas. Las ventanas oscuras se iban alternando con las iluminadas en el desorden de un atardecer cálido y azul que iba posponiendo con delicada lentitud su llegada definitiva. Había tantas ventanas con cosas y personas y cotidianidades dentro sin que yo supiera nada de todo eso. Yo pasaba a unos metros en un suspiro de tren, un jueves de anochecida. Y veía las ventanas como una estela de ojos abiertos y cerrados. Cuerpos vivos ajenos a mí. Otra vez el cielo, ahora malva donde se juntaba con el mar, plateado. Una reunión de pájaros oscuros en un tejado, tomando el fresco. Ya quedaba poca luz, pero aprecié el tono rojizo del muro de tierra, y encima los pinos. Hace tiempo que los pinos me traen sensaciones que son caricias o refrescos. Desde mi mirador ambulante, ventanas y cables a toda velocidad. Casi de noche, subí a casa caminando, entre siluetas. Me desperté a las 6:13 de la madrugada con la tormenta. El cielo estaba amarillo, te lo juro, era de aquellos. Fue un atisbo de día amarillo. Quién sabe, Rita, quizá vuelvan, ahora que tu y yo retomamos el compartir techo y sofá.
miércoles, 11 de junio de 2014
Noir
Llegó mi cuervo mensajero: "tu agua está lista". Atravesé el valle con los pies desnudos hasta llegar a la arboleda que escondía el río. Con el rumbo fijo en mis ojos me metí en el río frío poco a poco hasta que me empezó a cubrir. Vacilé por un momento, pero las aguas, entre fúnebres y viciosas, al verlo acudieron entre risas bajo sus deseos de llevarme con ellas. Y desde entonces yazco en el fondo del río. Primero fueron las branquias las que aparecieron de la nada. Surgiendo después unas aletas perfectas en mis extremidades. Mi cabello se unió a las danzantes algas. Mis escamas de tonos lilas se volvían verdes y rojas con la entrada de luz. También agudicé mi vista, aquello siempre era oscuro como la noche. En los oídos cesó la distorsión primera. Únicamente salía al exterior cada luna nueva. Y siendo costoso el moverme, solo podía sentarme en una roca a contemplar las estrellas. Como echaba de menos la luna, empecé a salir a flotar un rato en cuarto menguante. Y fue entonces cuando me descubrió el carnicero de la plaza, que le fue con el cuento a mi madre.
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